De las muchas formas existentes de patrimonio documental, el patrimonio audiovisual es uno de los más amplios, ricos, complejos y valiosos por la información que es capaz de contener.
Al mismo tiempo, es uno de los más cercanos a todos nosotros. ¿Qué familia no cuenta con parte de su historia contada en imágenes, con colecciones de fotografías o filmaciones domésticas destinadas a perpetuar en el tiempo sus vivencias, experiencias, recuerdos o seres queridos?
Muchas de estas imágenes, fijas o en movimiento, pueden llegar a trascender este ámbito doméstico-familiar y convertirse en testimonios de formas de vida pasadas, aportando una valiosísima información histórica sobre hábitos, costumbres o incluso formas de pensamiento.

Daguerrotipo de unos tales Manuel García y Luisa Sarmiento, Las Palmas de Gran Canaria, mediados del siglo XIX. www.fotosantiguascanarias.org
La cinematografía y la fotografía artística están, por su lado, a medio caballo entre el documento histórico y el arte, compartiendo lo mejor de ambos mundos
Pero el patrimonio audiovisual es mucho más: radio, televisión, videojuegos, sonidos (registrados independientemente o asociados a la imagen en movimiento), música grabada, música escrita, guiones, storyboards, afiches o archivos en papel que registran la actividad cotidiana de las cadenas de televisión y radio, cines y distribuidoras, estudios de fotografía o de sonido; e incluso las Administraciones Públicas, que en muchos procedimientos administrativos hacen uso de la imagen para justificar y apoyar a la toma de decisiones. ¿No son la foto que toma un radar o el video que filma un helicóptero de tráfico para ponerte una multa por exceso de velocidad documentos audiovisuales?
Añade a esto todos los tipos de dispositivos tecnológicos que a lo largo de la historia han servido para visualizar o escuchar los documentos registrados en incontables tipos de soporte, desde los cilindros de cera del siglo XIX hasta los inmensos servidores de Facebook, cada uno de ellos con problemáticas y retos de preservación diferentes.
En este sentido, el advenimiento del mundo digital y de la sociedad de la información ha supuesto una auténtica revolución para esta forma de patrimonio, con aspectos positivos y otros no tanto. Por un lado, la divulgación de los contenidos audiovisuales es, hoy en día, prácticamente ilimitada. ¿Quién no se da un paseo por YouTube de vez en cuando o se descarga una película o una grabación musical de Internet? ¿Quién no se va de vacaciones con una cámara digital diminuta que permite tomar imagen fija y en movimiento? ¿Quién no ha sacado una foto con el móvil, la ha subido a una red social y automáticamente es vista por millones de personas de todos los rincones del mundo?
Pero por otro lado, la inexistencia de una soporte físico y tangible convierte a estos documentos en intrínsecamente frágiles, mucho más que un disco de pizarra o una película de acetato.
El otro día vi a una pareja de turistas que en cuestión de diez minutos tomaron decenas de fotos, de manera totalmente indiscriminada, y me plantee la siguiente reflexión: ¿Qué harán con tantas fotos? ¿Las verán algún día? ¿Las conservarán? De ser así, ¿dónde? ¿En un DVD? ¿En el disco duro de sus ordenadores personales? ¿En la nube? ¿Perdurarán esos documentos en el tiempo, o por el contrario, han muerto prácticamente en el mismo momento de nacer y sólo existirán mientras la tarjeta de memoria de la cámara tenga capacidad, o mientras sus ordenadores funcionen?




