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  • Relato: Arco iris breve (2 de 3)

    Hace unos días, y para celebrar la entrada al nuevo año, publicamos el comienzo de esta entrañable historia que esperamos les haga disfrutar tanto como a nosotros.

    Aquí va la segunda entrega de este relato, obra de Miguel Ángel Sosa, que trata sobre la vida en los riscos de la capital grancanaria.

    Leer la primera parte.

    Arco iris breve (2 de 3)

    Como el canto de un pájaro, por los estrechos callejones se colaba el silbato que circulaba dos veces por semana entre los vericuetos. Hamelín mañanero rodeado siempre de chiquillos que se quedaban alucinados por la magia chispeante de la piedra de afilar.

    -¡Pinito, el afilador! –gritaba Rosario desde la ventana.

    Pinito sacaba algún cuchillo y las tijeras cansadas de la costura, conocedoras de la pana, la seda, el terciopelo, el algodón… recorredoras de mangas, cuellos, cinturas… de las señoritas de Vegueta.

    -¿Qué le pasó la semana pasada, Panchito, que no se le vio el pelo?

    -Ná, cristiana, lo de siempre: la jodía columna que de vez en cuando me bota.

    -Pues bien se va a curar usted la columna en el cafetín…

    Niños en la calle. Fuente: FEDAC

    Poco después el tono del silbato se iba perdiendo en la enredadera de esquinas del barrio, confundido con los gritos que desde la avenida lanzaba el chatarrero, sobre su carro guiado por un burro viejo y famélico.

    -¡Boteeellas… metaaales, quemadooores!

    El sopor tibio de la tarde esparcía por la ladera un sabor a salitre y plataneras. Apenas se movía nada, siquiera las hojas de las palmeras, vigilantes perpetuas de la Vega… como si la tarde se hubiese detenido a las cinco…, daguerrotipo de la tarde sólo roto por un estruendo de tambor con el que el pregonero del barrio, Pepe Cañadulce, se adentraba, como una sombra seguida por un enjambre de risas infantiles de las que, a veces, una voz pícara sobresalía del resto: ¡Pepe el bobo!

    Niños, plataneras y Catedral al fondo. Fuente: FEDAC

    Cañadulce paraba entonces su pregón, volviéndose hacia atrás con una mirada dulce e incisiva, lanzando toda una serie de improperios… Los chiquillos corrían como el rayo a esconderse, como si jugaran al escondite; al rato volvían y Cañadulce seguía con su pregón:

    -¡Mañana, sábado, verbena, pá niños y niñas, pá suegros y suegras!

    -Por ahí va Pepito –decía alguien-, barruntando siempre la alegría.

    Leer la tercera y última parte.

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